martes, 14 de febrero de 2012

Los sacerdotes bajaron por la

colina y se adentraron en el pueblo. Hundieron sus palas con puntas oxidadas en el montón de tierra y rellenaron el hoyo. Algunos de ellos notaron que les caían lágrimas por las mejillas pero no sintieron tristeza. Otros se obligaron a desentrañar de su memoria el recuerdo del viento. Clavaron un segundo rollo de pergamino al tronco de otro roble, donde se dejaba constancia de la destrucción llevada a cabo para terminar con todo aquello que poseyera la capacidad de volar. En el comunicado se advertía además a los habitantes del pueblo que no debían hablar nunca más de nada que volara.
     Firmaba el aviso Febrero.


Fragmento del libro "Las cajas de luz" de Shane Jones.

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