Y en medio de vapores y cáscaras de patata, Genovevo me explicó los misterios de la biorología: se trataba de una de las anticiencias secundarias del estudio del cascarón terrestre, y afirmaba que los huesos prehistóricos encontrados en el interior de algunas cadenas montañosas no provenían de animales, sino que en realidad eran de las propias montañas, pues entre el reinado reptil y el mamífero hubo una corta dominación de nueve mil años donde la vegetación alcanzó su máximo desarrollo y esplendor.
El origen de todo ocurrió en la fibratenia, una planta antediluviana con una estructura porosa en sus ramas muy parecida a fibras musculares, lo cual le daba cierto margen de movimiento a los tallos (este mismo principio lo siguen usando las enredaderas al extenderse a lugares con más agua o luz), pero en aquellos tiempos las plantas eran más rápidas, e incluso contaban con un lenguaje rudimentario que aún persiste en ciertos árboles de tamarindo, basado en pulsos y levísimas vibraciones.
Los grandes árboles (secuoyas y robles) tenían un complejo mecanismo de tracción, eran más gruesos para almacenar agua y sus raíces eran poco profundas y dúctiles como tentáculos; la fusión de estos árboles, junto con arbustos y bloques de tierra nutricia, fueron creando las montañas.
La vida de una montaña podía empezar como una pequeña colina, al iniciar su juventud podía desplazarse con relativa velocidad hacia regiones ricas en bosques y pastizales para encontrar alimento y de esa manera crecer; algunas fueron tan voraces que formaron cadenas montañosas de cientos de kilómetros de largo.
Para poder sostenerse y realizar movimientos, desarrollaron vértebras; no tenían ojos u orejas porque no les eran necesarias, el follaje cumplía la función de una piel ultrasensible a ruidos y temperatura.
Dos montañas afines podían comprometerse y unirse para formar una montaña más grande, los hijos eran resultado de fragmentaciones; si por accidente tenían el desmembramiento de alguna tonelada de tierra y vegetales, esta porción podía separarse para llegar a ser más tarde una montaña independiente y formar luego su propia familia.
Aunque socialmente no fueron muy avanzadas, las montañas llegaron a formar colonias o tribus tan grandes que ocupaban millones de hectáreas. Había de varias especies o razas boirológicas, desde carpáticas (piedras y árboles) hasta albaceas (tierra suave y follaje).
El reinado de las montañas fue corto, su propia gula las destruyó, solo querían comodidad, tierra, sol y nutrimentos. Nadie se preocupaba por los animales, a excepción de montañas carnívoras que apreciaban cualquier bicho que se les acercara. Pero estas montañas eran excepcionales, las mayoría sólo deseaba más bosques, praderas y terrenos para engullir.
En su lucha por el alimento algunas tribus llegaron a pelear para devorarse mutuamente; debió ser un espectáculo fabuloso ver una lucha de montañas. Muchas de éstas, antes de preferir ser devoradas, se lanzaron al mar; otras huyeron a regiones apartadas, como desiertos, donde murieron de sed y hambre (en letos montañosos). Las montañas vencedoras llegaron a ser tan grandes que formaron continentes, y debido a su peso dejaron de moverse, quedando expuestas a los animales herbívoros que consumieron su piel. Con el tiempo estas monumentales montañas perdieron toda capacidad de movimiento y se convirtieron en grandes cadáveres que la lluvia y el aire terminaron por disolver.
Se dice que algunas pequeñas montañas quedaron con vida, y una poco difundida tragedia de Sófocles, Las orogenias, relata la historia de la población de Calcis, que luchó contra una montaña hasta que logró sacarla del pueblo y arrojarla a un precipicio.
Fragmento del libro "El club de la salamandra" de Jaime Alfonso Sandoval.
Estoy a la mitad de ese libro. Me parece una novela narrada de forma accesible y ligera, de verdad espero que a mis alumnos les guste este libro. Gracias a Jaime Alfonso Sandoval por este excelente trabajo.
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