La guerra de los botones es más que una divertida y bien contada historia sobre las batallas de los jóvenes habitantes de dos pueblos vecinos. En la que su recompensa se vuelve en preciados objetos de plástico, metal e inclusive madera, a los que usualmente llamamos botones. El importante hecho de conectar la obra con los espectadores a través de las llamadas fibras morales nos hace contemplar más a fondo ésta película y libro. Película escrita por Colin Welland y libro escrito por Louis Pergaud. El reto de transformar en largometraje un libro es de por sí algo realmente difícil, un reto ya muy bien conocido para todo guionista. Pero si hay algo que debemos reconocerle a Mr. Welland es la exacta representación del más entrañable compañerismo excelsamente escrito por monsieur Pergaud. Y eso me regresa al tema de las fibras morales.
El valor por defender con ramas y resorteras una casa de madera en medio del bosque, la honesta tregua en medio de la batalla por un conejo herido, la huída y alianza de los dos líderes enemigos en busca de la libertad. El valor, la honestidad, la sinceridad y la amistad, entre muchos otros, están perfectamente bien reflejados en el guión escrito del señor Welland. Respetando la esencia del libro, dándole giros cinematográficos a la historia que no caen en la perdición ni la tergiversación de la misma. Haciendo a su máxima expresión un cuadro pintado a mil colores.
(Mientras escribo le doy un trago a mi café con leche que me he preparado hace aproximadamente una hora, me gusta la sensación de haber empezado a tomarlo caliente; pasar por la calidez y tranquilidad que te brinda, y terminar tomándolo frío; llegando a activarte tanto que cuando menos te lo esperas, ya te lo has acabado).
La sencillez que puede otorgarle una buena actuación de niños o jóvenes al largometraje, es sin duda una de las fórmulas más eficientes que se puede notar en el cine. Gregg Fitzgerald (Fergus) y John Coffey (Gerónimo) hacen un par de líderes fenomenal, dos chicos que luchaban entre sí y terminaron uniéndose para huir de un grupo de personas cegados por el deseo de dictar vidas ajenas.
Recuerdo una escena de la película en la que Gerónimo pide perdón a Fergus por destruir la casa del bosque, a lo que Fergus responde: "Olvídalo. Fue una gran idea el tractor, mejor que el caballo", (en la última batalla, en las ruinas de un castillo en el bosque, Fergus entró montando un caballo, haciendo su entrada triunfal. Después, en la cabaña mientras todos celebraban la victoria, Gerónimo destruyó la casa del bosque chocando contra ella un tractor). Una muestra de grandeza no requiere minimizar al oponente, requiere de sinceridad y respeto. Algo que, según recuerdo de algunas teorías perdidas en mis lagunas mentales, vamos perdiendo conforme se deja de ser niño. Esa es la razón por la que aprecio las historias que lideran los niños, una de sus acciones puede conectarte con algún pensamiento que se encontraba vagando por tu paraíso del olvido mental, hacerte pensar un poco en ello y renacer como gota de lluvia para formar parte permanente del océano del alma.
La conclusión te la dan un par de mentes salvajes en busca de la conquista del néctar de la vida, puesto que ningún tonto extraviado puede dictaminar los actos libres y conscientes de un par de inquietos fantásticos.
A mi parecer, el Sr. Welland ha hecho un gran trabajo en la realización de este screenplay de un ya maravilloso libro. Hecho por el cual, ésta película se encuentra situada en lo más profundo de mi corazón. Bienvenida a mi corazón "La guerra de los botones".
Por Arturo Arteaga Alarcón.

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